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I

Le devolvió la atención, volviéndose hacia el oeste, la visión del sol, colgado como una naranja en la cruz de la catedral de San Pablo. Era rojo como la sangre y se hundía rápidamente. Debía de ser casi de noche. Sasha llevaba fuera una hora y pico.

Asaltado al punto por aquellos oscuros presentimientos que ensombrecían hasta sus pensamientos más seguros respecto a ella, se precipitó bodega adentro por el camino que les había visto tomar; y, tras tropezar en la oscuridad entre cofres y barriles, advirtió por un débil resplandor en un rincón que estaban sentados allí.

Durante un segundo tuvo una visión de ellos; vio a Sasha sentada en la rodilla del marinero; la vio inclinarse hacia él; los vio abrazarse antes de que la luz quedara borrada en una nube roja por su rabia.

Estalló en un aullido de angustia tal que resonó en todo el barco. Sasha se arrojó entre ambos, o el marinero habría sido ahogado antes de poder desenvainar su sable. Luego una náusea mortal se apoderó de Orlando, y tuvieron que tumbarlo en el suelo y darle a beber aguardiente para que reviviera.

Y entonces, cuando se hubo recuperado y estaba sentado sobre un montón de arpillera en cubierta, Sasha se cernió sobre él, pasando ante sus ojos mareados de forma suave, sinuosa, como el zorro que lo había mordido, ora engatusando, ora increpando, de modo que él llegó a dudar de lo que había visto. ¿Acaso no había parpadeado la vela?; ¿acaso no se habían movido las sombras? La caja era pesada, decía ella; el hombre la ayudaba a moverla. Orlando la creía por un momento —pues ¿quién puede estar seguro de que su furia no ha pintado aquello que más teme encontrar?—; al siguiente estallaba con más violencia de ira por su

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