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I

Por entonces Orlando y la Princesa estaban cerca del recinto real y vieron su camino bloqueado por una gran muchedumbre de plebeyos, que se apretaban contra la cuerda de seda tanto como se atrevían. Reacios a poner fin a su intimidad y a enfrentarse a las agudas miradas que los acechaban, la pareja se detuvo allí, empujada por aprendices; sastres; pescaderas; marchantes de caballos; rateros; eruditos hambrientos; criada con sus tocas; naranjeras; mozos de cuadra; ciudadanos sobrios; taberneros obscenos; y una caterva de pilluelos como los que siempre rondan las afueras de una multitud, gritando y gateando entre los pies de la gente; de hecho, toda la morralla de las calles de Londres estaba allí, bromeando y codeándose, unos tirando los dados, adivinando la fortuna, empujando, haciendo cosquillas, pellizcando; aquí alborotados, allí hoscos; algunos con la boca abierta una vara de ancha; otros tan poco reverentes como grajos en el tejado; todos ataviados de la forma más diversa que sus bolsurs o su posición permitían; aquí con pieles y paño grueso; allí en harapos con los pies protegidos del hielo únicamente por un trapo de cocina atado alrededor.

La mayor concentración de gente, según parecía, se hallaba frente a una caseta o escenario parecido a los de nuestros guiñoles, sobre el cual se estaba desarrollando algún tipo de representación teatral.

Un hombre negro agitaba los brazos y vociferaba. Había una mujer de blanco tendida sobre una lecho.

Por tosca que fuera la puesta en escena —con los actores subiendo y bajando corriendo por un par de peldaños y tropezando a veces, y la multitud zapateando y silbando, o arrojando, cuando se aburría, un trozo de cáscara de naranja sobre el hielo por el que un perro se peleaba—, la asombrosa y sinuosa melodía de las palabras conmovió a Orlando como la música.

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