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III

Luego, gradualmente, las sombras violetas se profundizaron y cubrieron los carros, los prados y la gran casa misma. Todo fue tragado.

Ahora no quedaba nada de la hondonada cubierta de hierba, y en lugar de los prados verdes solo había una colina ardiente que mil buitres parecían haber dejado pelada.

Ante esto, rompió a llorar con desesperación y, regresando a pasos largos al campamento de los gitanos, les dijo que debía zarpar hacia Inglaterra al día siguiente.

Fue una suerte para ella que lo hiciera. Ya los jóvenes habían urdido su muerte. El honor, decían, lo exigía, pues ella no pensaba como ellos. Con todo, les habría apenado degollarla; y recibieron con agrado la noticia de su partida.

Un mercante inglés, da la casualidad, ya zarpaba del puerto con destino a Inglaterra; y Orlando, al arrancarle otra perla a su collar, no solo pagó su pasaje, sino que le sobraron algunos billetes en la cartera.

Estos le habría gustado regalárselos a los gitanos. Pero sabía que ellos desdeñaban la riqueza; y tuvo que conformarse con abrazos que, por su parte, fueron sinceros.

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