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Capítulo II

Francia con el Conquistador, hubiera querido testimoniar cómo toda pompa se edifica sobre la corrupción; cómo el esqueleto yace bajo la carne; cómo los que bailamos y cantamos arriba hemos de yacer abajo; cómo el terciopelo carmesí se vuelve polvo; cómo el anillo (aquí Orlando, inclinando su linterna, recogía un círculo de oro sin piedra, que había rodado a un rincón) pierde su rubí y el ojo que era tan lustroso ya no brilla más.

“No queda nada de todos estos príncipes”, decía Orlando, dejándose llevar por alguna que otra exageración perdonable sobre su rango, “salvo un dedo”, y tomaba una mano esquelética entre las suyas y doblaba las articulaciones de un lado a otro.

“¿De quién era?”, proseguía preguntando. “¿La derecha o la izquierda? ¿La mano de un hombre o de una mujer, de la vejez o de la juventud? ¿Había espoleado al corcel de guerra, o manejado la aguja? ¿Había cortado la rosa, o empuñado el frío acero? ¿Había⁠—”

pero en ese momento o bien le fallaba la invención o, lo que es más probable, esta le proporcionaba tantos ejemplos de lo que una mano puede hacer que él rehuía, como era su costumbre, la labor cardinal de la composición, que es la supresión, y la ponía junto a los demás huesos, pensando en que había un escritor llamado Thomas Browne, un doctor de Norwich, cuyos escritos sobre tales temas le cautivaban extraordinariamente.

De modo que, tomando su linterna y comprobando que los huesos estaban en orden, pues aunque romántico era singularmente metódico y no aborrecía nada tanto como un ovillo de hilo en el suelo, por no hablar del cráneo de un antepasado, regresó a ese curioso y melancólico deambular por las galerías en busca de algo entre los cuadros, el cual se vio interrumpido al fin por un verdadero espasmo de sollozos al contemplar un paisaje holandés nevado de un artista desconocido.

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