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IV. Orlando

en el picaporte, el pliegue de su capa y la caída de su muñeca eran fingidos para halagar su masculinidad. Subieron las escaleras, y los esfuerzos que la pobre criatura había hecho por decorar su habitación y ocultar el hecho de que no tenía otra no engañaron a Orlando ni por un instante. El engaño despertó su desdén; la verdad despertó su piedad. Un sentimiento transparentándose a través del otro engendró la más extraña variedad de emociones, de modo que no sabía si reír o llorar. Mientras tanto, Nell, como se hacía llamar la muchacha, se desabrochó los guantes; ocultó con cuidado el pulgar de la mano izquierda, al que le hacía falta un arreglo; luego se retiró tras un biombo, donde tal vez se pintó las mejillas, se arregló la ropa, se colocó un pañuelo nuevo al cuello —todo el tiempo parloteando como lo hacen las mujeres, para entretener a su amante, aunque Orlando habría jurado, por el tono de su voz, que sus pensamientos estaban en otra parte. Cuando todo estuvo listo, salió, dispuesta a... pero aquí Orlando no pudo soportarlo más. En el más extraño tormento de ira, hilaridad y piedad, se quitó todo disfraz y se confesó mujer.

Al oír esto, Nell soltó una carcajada tal que bien podría haberse oído desde la otra acera.

—Bien, querida —dijo, cuando hubo recuperado un tanto la compostura—, no me arrepiento en absoluto de oírlo. Porque el quid de la cuestión es —(y era notable con qué

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