había sido tan imprudente como para escribir—, pero en ese instante el poeta saltó de su silla. Un ratón había chillado en el friso, dijo. La verdad era, explicó, que sus nervios se hallaban en un estado tal que el chillido de un ratón los alteraba durante quince días. Sin duda la casa estaba llena de alimañas, pero Orlando no las había oído.
El poeta le contó entonces a Orlando toda la historia de su salud durante los últimos diez años más o menos. Había sido tan mala que uno solo podía maravillarse de que aún viviera. Había tenido parálisis, gota, tercianas, hidropesía y los tres tipos de fiebre sucesivamente; a lo cual se sumaba que tenía el corazón agrandado, el bazo enorme y el hígado enfermo.
Pero, por encima de todo, según le dijo a Orlando, tenía sensaciones en la columna vertebral que desafiaban toda descripción. Había una protuberancia, más o menos la tercera desde arriba, que ardía como el fuego; otra, hacia la segunda desde abajo, que estaba fría como el hielo.
A veces se despertaba con un cerebro como de plomo; en otras ocasiones era como si mil bujías estuvieran encendidas y la gente arrojara fuegos artificiales dentro de él. Podía sentir un pétalo de rosa a través de su colchón, según decía; y conocía el camino por Londres casi con solo palpar los adoquines.
En conjunto, era una maquinaria tan finamente hecha y tan curiosamente ensamblada (aquí alzó la mano como sin darse cuenta, y en verdad era de la forma más fina imaginable) que le desconcertaba pensar que solo hubiera vendido quinientos ejemplares de su poema, pero eso, por supuesto, se debía en gran medida a la conspiración en su contra.
Todo lo que podía decir, concluyó, golpeando con el puño sobre la mesa, era que el arte de la poesía había muerto en Inglaterra.