Avanzamos con dificultad por el sendero del brezal, hasta la alta ceja de la colina de color vino y púrpura oscuro, y nos arrojamos allí, y allí soñamos y allí vemos un saltamontes que acarrea de vuelta a su hogar en el hueco, una brizna de paja.
Y él dice (si a chirridos como los suyos se les puede dar un nombre tan sagrado y tierno) La labor de la vida, o eso interpretamos del zumbido de su garganta ahogada por el polvo.
Y la hormiga está de acuerdo y las abejas, pero si nos tendemos aquí el tiempo suficiente para preguntar a las polillas, cuando llegan al anochecer, furtivas entre las campánulas de brezo más pálidas, nos susurrarán a los oídos tales disparates descabellados como los que se oyen en los cables del telégrafo durante las tormentas de nieve; ji, ji, ja, ja.
¡Risa, Risa!, dicen las polillas.
Habiendo preguntado entonces al hombre, al ave y a los insectos, pues los peces, según dicen quienes han vivido en cuevas verdes, solos durante años para oírles hablar, jamás, jamás dicen nada, y por ello tal vez sepan lo que es la vida; habiéndoles preguntado a todos sin hacernos más sabios, sino tan solo más viejos y más fríos (pues ¿no rezamos acaso alguna vez para envolver en un libro algo tan duro, tan raro, que uno juraría que es el sentido de la vida?), debemos regresar y decirle sin rodeos al lector que aguarda de puntillas para escuchar qué es la vida: ay, no lo sabemos.
En este momento, pero justo a tiempo para salvar el libro de la extinción, Orlando apartó su silla, estiró los brazos, dejó caer la pluma, se acercó a la ventana y exclamó: «¡Terminado!».