mentes agudas que llegan al fondo de las cosas en un minuto. Le tomó la duración entera del viaje dilucidar el significado de su sobresalto y, a su propio paso, la seguiremos.
“Señor —pensó, al recuperarse del sobresalto, estirándose a lo largo bajo su toldo—, esta es una vida agradable y perezosa, sin duda.
Pero —pensó, dando una patada al aire—, estas faldas son una maldición en los talones de una. Aun así, la tela (tafetán floreado) es la más hermosa del mundo. Jamás he visto que mi propia piel (aquí se puso la mano en la rodilla) luzca tan bien como ahora.
¿Podría, sin embargo, saltar por la borda y nadar con ropas como estas? ¡No! Por lo tanto, tendría que confiar en la protección de un marinero. ¿Me opone eso algún reparo? ¿Acaso me lo opone?”, se preguntó, topándose aquí con el primer nudo en la suave madeja de su razonamiento.
La cena llegó antes de que ella lo hubiera desatado, y entonces fue el capitán en persona —el capitán Nicholas Benedict Bartolus, un capitán de mar de distinguido aspecto— quien lo hizo por ella mientras le servía una rodaja de carne en salazón.
—¿Un poco de la grasa, señora? —preguntó—. Permítame cortarle tan solo una rebanadita del tamaño de la uña del dedo. A esas palabras, un temblor delicioso recorrió su cuerpo. Los pájaros cantaban; los torrentes bramaban. Le trajo a la memoria la sensación de indescriptible placer con la que había visto por primera vez a Sasha, cientos de años atrás. Entonces ella había perseguido; ahora huía. ¿Cuál es el éxtasis mayor? ¿El del hombre o el de la mujer? ¿Y no son acaso el mismo? No, pensó, esto es lo más delicioso (agradeciendo al capitán pero negándose): negarse y verle fruncir el ceño. Bueno, si él lo deseaba,