Con maestría, con rapidez, subió por la avenida sinuosa entre los olmos y los robles a través de la pradera descendente del parque, cuyo declive era tan suave que, de haber sido agua, habría cubierto la playa con una marea verde y mansa. Plantados aquí y en solemnes grupos había hayas y robles. Los ciervos caminaban entre ellos, uno blanco como la nieve, otro con la cabeza inclinada hacia un lado, pues se le había enredado una alambrera en la cuerna. Todo esto, los árboles, los ciervos y la hierba, lo observó con la mayor satisfacción, como si su mente se hubiera vuelto un fluido que rodeaba las cosas y las envolvía por completo. Al minuto siguiente se detuvo en el coche en el afortunado patio al que, durante tantos cientos de años, había llegado a caballo o en carroza de seis caballos, con hombres cabalgando delante o detrás; donde los penachos se habían mecido, las antorchas habían parpadeado y los mismos árboles en flor que ahora dejaban caer sus hojas habían sacudido sus pétalos. Ahora estaba sola. Las hojas otoñales caían. El portero abrió las grandes verjas.
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VI
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