quedaba más silenciosa que antes.
Luego aquellas luces que brillaban abajo, en las pequeñas y apiñadas viviendas donde vivían los pobres de la ciudad, ascendieron a los dormitorios y luego, una a una, se extinguieron.
Los faroles de las calles en estos suburbios eran escasos de por sí; y la negligencia del sereno a menudo permitía que se apagasen mucho antes del alba. La oscuridad se volvía entonces aún más profunda que antes.
Orlando miró las mechas de su linterna, comprobó las cinchas de la silla; amartilló sus pistolas; examinó sus cartucheras; e hizo todas estas cosas una docena de veces al menos hasta que ya no pudo encontrar nada más que requiriera su atención.
Aunque aún faltaban unos veinte minutos para la medianoche, no lograba obligarse a entrar en el salón de la posada, donde la patrona todavía servía vino de Xerez y el más barato de Canarias a unos cuantos hombres de mar, que se sentaban allí canturreando sus coplas y contando sus historias de Drake, Hawkins y Grenville, hasta que se caían de los bancos y se quedaban dormidos en el suelo enarenado.