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Capítulo II

Pero ¿qué clase de pasión, bien podría preguntarse, podría ser esta? Y la respuesta tiene dos caras como el propio Amor. Porque el Amor⁠—pero dejando al Amor fuera de la discusión por un momento, el hecho real fue este:

Cuando la archiduquesa Harriet Griselda se agachó para abrocharse la hebilla, Orlando oyó, súbita e inexplicablemente, a lo lejos, el batir de las alas del Amor. El distante rumor de aquel blando plumaje despertó en él mil recuerdos de aguas torrentosas, de belleza en la nieve y de alevosía en la crecida; y el sonido se acercó; y él se sonrojó y tembló; y se sintió conmovido como jamás creyó volver a estarlo; y estaba dispuesto a levantar las manos y dejar que el ave de la hermosura se posara en sus hombros, cuando —¡horror!— empezó a resonar un crujido semejante al que hacen los cuervos al precipitarse entre los árboles; el aire pareció oscurecerse con toscas alas negras; las voces graznaban; cayeron pajas, ramitas y plumas; y se precipitó sobre sus hombros la más pesada y inmunda de las aves, que es el buitre. Así, salió huyendo de la estancia y mandó al lacayo que acompañara a la archiduquesa Harriet hasta su carroza.

Porque el Amor, al que ahora podemos volver, tiene dos caras; una blanca, la otra negra; dos cuerpos; uno terso, el otro velludo. Tiene dos manos, dos pies, dos colas, dos, en verdad, de cada miembro, y cada cual es el opuesto exacto del otro. Sin embargo, tan estrechamente unidos están que no se les puede separar.

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