de erradicar. Una tarde, cuando todos estaban sentados alrededor de la hoguera del campamento y el sol se ponía con fulgor sobre las colinas de Tesalia, Orlando exclamó:
¡Qué bueno está para comer!
(Los gitanos no tienen una palabra para decir «hermoso». Esta es la que más se le acerca).
Todos los jóvenes y las muchachas rompieron a reír a carcajadas. ¡El cielo para comérselo, ni más ni menos!
Los ancianos, sin embargo, que habían tratado a los extranjeros más que ellos, se volvieron suspicaces. Notaban que Orlando se pasaba a menudo horas enteros sin hacer absolutamente nada, salvo mirar aquí y allá; la sorprendían en alguna colina mirando fijamente ante sí, sin importarle que las cabras pastaran o se descarriaran.
Empezaron a sospechar que tenía creencias distintas a las de ellos, y los hombres y mujeres de más edad consideraron probable que hubiera caído en las garras del más vil y cruel de todos los dioses, que es la Naturaleza.