perenne campaban a sus anchas en la tierra húmeda del exterior, idéntica fertilidad se manifestaba en el interior. La vida de la mujer promedio era una sucesión de alumbramientos. Se casaba a los diecinueve años y tenía quince o dieciocho hijos para cuando cumplía los treinta; pues los gemelos abundaban. Así surgió el Imperio británico; y así—porque no hay forma de detener la humedad; se mete en el tintero como se mete en la carpintería—, las frases se hincharon, los adjetivos se multiplicaron, las letras se volvieron épicas y las pequeñeces que antes cabían en ensayos de una columna eran ahora enciclopedias de diez o veinte volúmenes. Pero Eusebius Chubb nos servirá de testigo sobre el efecto que todo esto tuvo en la mente de un hombre sensible que no podía hacer nada para evitarlo. Hay un pasaje hacia el final de sus memorias en el que describe cómo, tras escribir una mañana treinta y cinco páginas en folio «todo acerca de la nada», enroscó la tapa de su tintero y salió a dar una vuelta por el jardín. Al poco tiempo se vio atrapado en el matorral. Innumerables hojas crujían y brillaban sobre su cabeza. Le pareció que «trituraba bajo sus pies el mantillo de un millón más». Un espeso humo exhalaba de una hoguera húmeda al fondo del jardín. Pensó que ningún fuego sobre la tierra podría jamás aspirar a consumir semejante y vasto estorbo vegetal. Mirara donde mirase, la vegetación crecía desenfrenada. Los pepinos «avanzaban serpenteando por la hierba hasta sus pies». Coliflores gigantes se elevaban piso sobre piso hasta rivalizar, en su imaginación alterada, con los mismísimos olmos. Las gallinas ponían sin cesar huevos de un tono cualquiera. Entonces, recordando con un suspiro su propia fecundidad y a su pobre esposa Jane, ahora en plena decimoquinta labor de parto dentro de la casa, ¿cómo, se preguntó, podía culpar a las aves? Miró hacia el cielo. ¿Acaso el cielo mismo, o ese gran frontispicio del cielo que es el firmamento, no indicaba el beneplácito, más aún, la instigación de la jerarquía celestial? Pues allí, en invierno o en verano, año tras año, las nubes giraban y daban tumbos, como ballenas, meditaba, o más bien como elefantes; pero no, era imposible escapar a la similitud que se le
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V. La gran nube
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