Con un arranque de pasión, atrajo a Sasha hacia sí y le siseó al oído: «Jour de ma vie!» Era su señal. A la medianoche se encontrarían en una posada cerca de Blackfriars. Allí esperaban caballos. Todo estaba listo para su huida. Así se separaron, ella a su tienda, él a la suya. Todavía faltaba una hora para el momento señalado.
Mucho antes de medianoche, Orlando ya estaba esperando. La noche era de una negrura tan tiznada que uno tenía al prójimo encima antes de poder verlo, lo cual venía de perillas, pero también guardaba una solemnidad tan quieta que el casco de un caballo, o el llanto de un niño, se dejaban oír a media milla de distancia. Más de una vez Orlando, mientras paseaba a grandes pasos por el pequeño patio, se detuvo el corazón al escuchar el firme trote de algún jamelgo sobre los adoquines, o el susurro del vestido de una mujer. Pero el viajero no era más que un mercader que regresaba tarde a casa, o alguna mujer del barrio cuyo recado no era nada inocente. Pasaban, y la calle