pastel, la mancha de sangre, el tabaco— hasta alcanzar un estado de contemplación tal que le confería un aire reverente adecuado a las circunstancias, a pesar de que, según se dice, no trataba con el Dios habitual. Nada hay, sin embargo, más arrogante, aunque no haya nada más común, que dar por sentado que de Dioses no hay más que uno, y de religiones ninguna que no sea la de quien habla. Orlando, al parecer, tenía una fe propia.
Con todo el ardor religioso del mundo, reflexionó entonces sobre sus pecados y sobre las imperfecciones que se habían filtrado en su estado espiritual. La letra S, reflexionó, es la serpiente en el Edén del poeta. Hiciera lo que hiciese, todavía quedaban demasiados de estos reptiles pecaminosos en las primeras estrofas de «The Oak Tree». Pero la S no era nada, en su opinión, en comparación con la terminación «ing». El participio presente es el Diablo en persona, pensó (ahora que estamos en situación de creer en Diablos). Eludir tales tentaciones es el primer deber del poeta, concluyó, pues así como el oído es la antesala del alma, la poesía puede corromper y destruir con más seguridad que la lujuria o la pólvora.
El del poeta, pues, es el más alto oficio de todos, continuó ella.
Sus palabras alcanzan adonde las de otros se quedan cortas. Una tontería de Shakespeare ha hecho más por los pobres y los malvados que todos los predicadores y filántropos del mundo.
Ningún tiempo, ninguna devoción, por tanto, pueden ser excesivos si logran que el vehículo de nuestro mensaje distorsione menos. Debemos moldear nuestras palabras hasta que sean el tegumento más delgado para nuestros pensamientos. Los pensamientos son divinos, etcétera.
Así pues, era obvio que había regresado a los confines de su propia religión —que el tiempo no había hecho sino fortalecer en su ausencia— y que estaba adquiriendo rápidamente la intolerancia de la fe.