Jamás mortal alguno estuvo tan dispuesto a sospechar un insulto ni tan presto a vengar uno como el señor Pope. Se volvió hacia Orlando y le recitó al instante el borrador de cierto famoso verso de los Caracteres de las mujeres. Más tarde se le puliría mucho, pero ya en el original era bastante llamativo. Orlando lo recibió con una reverencia. El señor Pope la dejó con una inclinación. Orlando, para refrescarse las mejillas —pues la verdad era que se sentía como si el hombrecillo la hubiera golpeado—, dio un paseo por el soto de avellanos al fondo del jardín. Pronto la brisa fresca surtió efecto. Para su asombro, descubrió que se sentía enormemente aliviada al encontrarse sola. Observó los alegres botes que remaban río arriba. Sin duda, la vista le trajo a la memoria uno que otro incidente de su pasado. Se sentó en profunda meditación bajo un hermoso sauce. Allí se quedó hasta que las estrellas brillaron en el cielo. Entonces se levantó, dio media vuelta y entró en la casa, donde buscó su dormitorio y echó la llave. Abrió un armario en el que todavía colgaban muchas de las prendas que había usado como joven apuesto y elegante, y de entre ellas escogió
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IV. Orlando
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