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VI

—Buenos días, James —dijo—, hay algunas cosas en el coche. ¿Las puedes entrar? palabras sin belleza, interés o significado en sí mismas, hay que reconocerlo, pero ahora tan repletas de sentido que cayeron como nueces maduras de un árbol, y demostraron que, cuando la piel ajada de lo cotidiano se rellena de significado, satisface los sentidos de manera asombrosa. Esto era verdad en efecto de cada movimiento y acción ahora, por habituales que fuesen; de modo que ver a Orlando cambiarse la falda por unos pantalones de fustán y una chaqueta de cuero, lo cual hizo en menos de tres minutos, era embelesarse con la belleza del movimiento como si Madame Lopokova estuviera empleando su más alto arte. Luego entró a zancadas en el comedor, donde sus viejos amigos Dryden, Pope, Swift y Addison la miraron con recato al principio, como quien dice: ¡Aquí está la ganadora del premio!; pero al reflexionar que había de por medio dos guineas de oro, asintieron con la cabeza aprobatoriamente. Doscientas guineas, parecían decir; no hay que despreciar doscientas guineas. Se cortó una rebanada de pan y jamón, juntó ambas partes y se puso a comer, recorriendo la habitación de un extremo a otro a grandes pasos, despojándose así de sus hábitos sociales en un segundo, sin pensarlo. Tras cinco o seis vueltas de este tipo, se tragó de un trago una copa de vino tinto español y, llenando otra que llevaba en la mano, recorrió a zancadas el largo pasillo y una docena de salones, iniciando así una inspección de la casa, seguida por los lebreles y spaniels que decidieron

Esto también formaba parte de la rutina diaria. Tan pronto habría vuelto a casa y dejado a su propia abuela sin un beso como habría regresado y dejado la casa sin visitar.

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