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I

Pero mientras la gente del campo sufría los extremos de la penuria y el comercio del país estaba paralizado, Londres disfrutaba de un carnaval de la más extrema brillantez.

La Corte estaba en Greenwich, y el nuevo rey aprovechó la oportunidad que le brindaba su coronación para ganarse el favor de los ciudadanos. Ordenó que el río, que estaba helado a una profundidad de veinte pies y más a lo largo de seis o siete millas en ambas direcciones, fuera barrido, decorado y dotado de toda la apariencia de un parque o zona de recreo, con cenadores, laberintos, callejones, puestos de bebidas, etc., a sus expensas.

Para sí y para los cortesanos, reservó un cierto espacio justo enfrente de las puertas de Palacio; el cual, separado del público únicamente por una cuerda de seda, se convirtió al instante en el centro de la sociedad más brillante de Inglaterra. Grandes estadistas, con sus barbas y gorgueras, despachaban asuntos de Estado bajo el toldo carmesí de la Pagoda Real. Los soldados planeaban la conquista del moro y la caída del turco en cenadores de rayas rematados con plumas de avestruz. Los almirantes deambulaban por los estrechos senderos, catalejo en mano, escrutando el horizonte y contando historias sobre el paso del noroeste y la Armada Invencible. Los amantes coqueteaban sobre divanes cubiertos de pieles de marta cibelina. Rosas gélidas caían en lluvia cuando la reina y sus damas paseaban al aire libre. Globos de colores se suspendían inmóviles en el aire.

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