Ninguna suerte acompaña jamás a estas celebraciones simbólicas, pensó. Tal vez fuera mejor entonces prescindir de ellas. Tenía en la punta de la lengua un pequeño discurso que pensaba decir sobre el libro mientras lo enterraba. (Era un ejemplar de la primera edición, firmado por la autora y el artista). «Lo entierro como tributo», iba a haber dicho, «una devolución a la tierra de lo que la tierra me ha dado», pero ¡caramba!, una vez que uno se podemos a musitar palabras en voz alta, ¡qué tontas sonaban! Se acordó del viejo Greene subiéndose a un estrado el otro día para compararla con Milton (salvo por su ceguera) y entregarle un cheque por dos guineas. Había pensado entonces en el roble aquí, en su colina, y se había preguntado: ¿qué tiene esto que ver con aquello? ¿Qué tienen que ver la alabanza y la fama con la poesía? ¿Qué tienen que ver siete ediciones (el libro ya llevaba no menos) con el valor de esta? ¿No era escribir poesía una transacción secreta, una voz que respondía a otra voz? De modo que toda esta cháchara, los elogios, las críticas y el conocer a gente que la admiraba y a gente que no la admiraba resultaban de lo más inadecuado para la cosa en sí: una voz que responde a otra voz. ¿Qué podía haber sido más secreto, pensó, más lento y semejante a la intimidad de los amantes, que la respuesta balbuceante que ella había dado durante todos estos años al viejo canto tarareado de los bosques, de las granjas y los caballos castaños de pie en la puerta, cuello con cuello, y la herrería, la cocina y los campos, que tan laboriosamente daban trigo, nabos, hierba, y el jardín floreciendo de lirios y fritillarias?
Así que dejó su libro abandonado y desaliñado en el suelo, y contempló la inmensa vista, variada como el fondo del océano aquella tarde con el sol iluminándola y las sombras oscureciéndola. Había un pueblo con la torre de una iglesia entre olmos; una casa solariega de cúpula gris en un parque; una chispa de luz brillando en algún invernadero; un corral con