Así, en muy pocos años, Orlando había gastado la felpa de su terciopelo y dilapidado la mitad de su fortuna; pero se había ganado la buena opinión de sus vecinos, ocupaba una veintena de cargos en el condado y cada año le regalaban tal vez una docena de libros dedicados a su señoría en términos bastante aduladores por poetas agradecidos.
Pues aunque entonces tenía cuidado de no juntarse con escritores y se manteníase siempre apartado de las damas de sangre extranjera, aun así, era excesivamente generoso tanto con las mujeres como con los poetas, y ambos lo adoraban.
Pero cuando el banquete estaba en su apogeo y sus invitados se entregaban al jolgorio, solía retirarse a solas a su habitación privada.
Allí, una vez cerrada la puerta y con la certeza de estar a solas, sacaba un viejo cuaderno de notas, cosido con hilo de seda hurtado del costurero de su madre y rotulado con redonda letra escolar: «El roble, un poema».
En él escribía hasta que daban las campanadas de medianoche y mucho después. Pero como tachaba tantos versos como escribía, el balance de estos era a menudo, al cabo del año, más bien inferior al del principio, y parecía que, en el proceso de escritura, el poema iba a quedar completamente desescrito.
Pues corresponde al historiador de las letras señalar que había cambiado de estilo de manera asombrosa. Su barroquismo se había moderado; su abundancia, refrenado; la era de la prosa iba congelando aquellas cálidas fuentes. El paisaje mismo que se veía afuera aparecía menos recargado de guirnaldas y las zarzas eran menos espinosas e intrincadas.
Tal vez los sentidos estuvieran un poco más embotados y la miel y la nata resultaran menos seductoras al paladar. Asimismo, el hecho de que las calles estuvieran mejor drenadas y las casas mejor iluminadas tuvo su efecto en el estilo, no cabe duda.