CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 234 de 312
Table of Contents

V. La gran nube

«Dios nos ampare —dijo Orlando, de pie junto a la ventana mientras observaba las travesuras de las palomas—, ¡qué mundo este en el que vivimos! ¡Qué mundo, desde luego!». Su complejidad la dejó anonadada. Ahora le parecía que el mundo entero estaba rodeado de oro. Fue a cenar. Las alianzas abundaban. Fue a la iglesia. Las alianzas estaban por todas partes. Salió a dar un paseo en coche. De oro o de latón, finas, gruesas, lisas, pulidas, brillaban con un fulgor apagado en todas partes. Las tiendas de los joyeros rebosaban de anillos, ya no las relucientes pedrerías y los diamantes que Orlando recordaba, sino simples aros sin ninguna piedra. Al mismo tiempo, empezó a reparar en una nueva costumbre entre la gente del pueblo. Antaño era bastante frecuente encontrarse con un muchacho jugueteando con una muchacha bajo un seto de espino. Orlando había fustigado a más de una pareja con la punta de la fusta para luego reírse y seguir su camino. Ahora todo eso había cambiado. Las parejas caminaban y avanzaban con paso pesado por la mitad del camino, unidas indisolublemente. La mano derecha de la mujer pasaba invariablemente por el brazo izquierdo del hombre, y los dedos de ella quedaban firmemente aprisionados por los de él. A menudo no se apartaban hasta que los caballos los tenían prácticamente encima, y aun entonces, aunque se movían, lo hacían en un solo bloque, pesadamente, hacia el arcén. A Orlando solo se le ocurría que se había hecho algún nuevo descubrimiento sobre la raza humana; que de algún modo estaban pegados los unos a los otros, pareja tras pareja, pero quién lo había hecho y cuándo, no alcanzaba a adivinarlo. No parecía cosa de la Naturaleza. Miraba a las palomas, a los conejos y a los lebreles, y no veía que la Naturaleza hubiera cambiado de costumbres ni las hubiera mejorado, al menos desde la época de Isabel. No existía alianza indisoluble alguna entre las bestias que ella pudiera percibir.

234