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IV. Orlando

llevaba al campo consigo y les daba un banquete real en el Salón Redondo, cuyas paredes había forrado con sus retratos puestos todos en círculo, de modo que el señor Pope no pudiera decir que el señor Addison iba antes que él, ni viceversa. Eran también muy ingeniosos (pero su ingenio está todo en sus libros), y le enseñaron la parte más importante del estilo, que es el fluir natural de la voz al hablar⁠—una cualidad que nadie que no la haya escuchado puede imitar, ni siquiera Greene, con toda su habilidad; pues nace del aire, y rompe como una ola contra los muebles, y se arremolina y se desvanece, y jamás se puede recuperar, y menos que nadie por aquellos que aguzan el oído, medio siglo más tarde, y lo intentan. Le enseñaron esto, meramente mediante la cadencia de sus voces al hablar; de modo que su estilo cambió un tanto, y escribió unos versos y retratos en prosa muy amenos e ingeniosos. Y así prodigaba su vino con ellos y ponía billetes de banco, que ellos aceptaban de muy buen grado, bajo sus platos en la cena, y aceptaba sus dedicatorias, y se consideraba sumamente honrada por el cambio.

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