amarillos de halcón como si fuera a atravesarle el alma. El joven soportó su mirada enrojeciendo apenas como una rosa damascena, como correspondía a su condición. Fuerza, gracia, romanticismo, insensatez, poesía, juventud: lo leyó como a una página abierta.
Al instante se arranca un anillo del dedo (la articulación estaba algo hinchada) y, al ajustárselo a él, lo nombró su Tesorero y Mayordomo; a continuación le colgó las cadenas del cargo; y, ordenándole que doblara la rodilla, le ató alrededor de esta, por la parte más fina, la venera enjoyada de la Jarretera.
Nada se le negó desde entonces. Cuando ella paseaba en carroza oficial, él cabalgaba junto a la portezuela. Lo envió a Escocia en una triste embajada ante la desdichada Reina. Estaba a punto de embarcar hacia las guerras de Polonia cuando ella lo mandó llamar. Pues, ¿cómo iba a soportar la idea de ver esa tierna carne desgarrada y esa cabeza rizada rodando por el polvo? Lo retuvo con ella.