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IV. Orlando

en lo que dice el poeta sobre la verdad y la belleza, este afecto ganó en belleza lo que perdió en falsedad.

Por fin, exclamó, conocía a Sasha tal como era, y en el ardor de este descubrimiento, y en la búsqueda de todos aquellos tesoros que ahora se revelaban, estaba tan absorta y encantada que fue como si una bala de cañón le hubiera estallado en el oído cuando la voz de un hombre dijo: «Permítame, señora», la mano de un hombre la levantó del suelo; y los dedos de un hombre con un velero de tres palos tatuado en el dedo corazón señalaron hacia el horizonte.

—Los acantilados de Inglaterra, señora —dijo el capitán, y llevó la mano que había señalado al cielo hasta la visera en señal de saludo. Orlando dio entonces un segundo sobresalto, aún más violento que el primero.

—¡Cristo Jesús! —exclamó ella.

Por fortuna, la visión de su tierra natal tras una larga ausencia disculpó tanto el sobresalto como la exclamación, o se habría visto en un aprieto para explicarle al capitán Bartolus las emociones violentas y encontradas que en ese momento bullían en su interior.

¿Cómo decirle que ella, que ahora temblaba apoyada en su brazo, había sido un duque y un embajador?

¿Cómo explicarle que ella, que había estado arropada como un lirio entre pliegues de seda de Padua, había cortado cabezas y se había acostado con rameras entre sacos de tesoros en las bodegas de naves piratas en noches de verano, cuando los tulipanes florecían y las abejas zumbaban junto a las escaleras de Wapping Old?

Ni siquiera a sí misma lograba explicarse el descomunal salto que dio cuando la mano firme del capitán de mar señaló los acantilados de las islas Británicas.

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