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I

habiéndose vuelto obeso y letárgico a los cuarenta, le dijo que no encontraba palabras para alabarla; sin embargo, al instante pensó en cómo ella era como la primavera, la hierba verde y las aguas raudas, y asiéndola con más fuerza que nunca, la balanceó con él medio río adelante, de modo que las gaviotas y los cormoranes se balancearon también. Y deteniéndose al fin, sin aliento, ella dijo, jadeando levemente, que él era como un árbol de Navidad de un millón de velas (como los que hay en Rusia) colgado de esferas amarillas; incandescente; suficiente para iluminar toda una calle; (tal como cabría traducirlo) pues entre sus mejillas encendidas, sus rizos oscuros, su capa negra y carmesí, parecía estar ardiendo con su propio resplandor, a partir de una lámpara encendida por dentro.

Todo el color, salvo el rojo de las mejillas de Orlando, pronto se desvaneció. Llegó la noche. Al desaparecer la luz anaranjada del poniente, la sucedió un fulgor blanco y asombroso proveniente de las antorchas, las hogueras, los pebeteros llameantes y otros ingenios con los que se iluminaba el río, y se produjo la más extraña de las transformaciones. Varias iglesias y palacios

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