Al mismo tiempo, Nick Greene llegó exactamente a la conclusión contraria. Tumbado por la mañana en la cama, sobre las almohadas más suaves y entre las sábanas más tersas, contemplando desde su ventana salediza un césped que durante tres siglos no había conocido ni el diente de león ni la bardana, pensó que a menos que lograra escapar de algún modo, acabaría sepultado en vida.
Al levantarse y oír arrullar a las palomas, al vestirse y oír caer las fuentes, pensó que a menos que pudiera oír el estruendo de los carros de carga sobre los adoquines de Fleet Street, jamás volvería a escribir una sola línea.
Si esto sigue así mucho tiempo, pensó, al oír al lacayo avivar el fuego y disponer la mesa con platos de plata en la habitación contigua, me quedaré dormido y (aquí lanzó un bostezo tremendo) durmiendo moriré.
Así que fue a buscar a Orlando a su habitación y le explicó que no había podido pegar un ojo en toda la noche a causa del silencio. > (En efecto, la casa estaba rodeada por un parque de quince millas de circunferencia y un muro de diez pies de altura.) El silencio, dijo, era de todas las cosas la más opresiva para sus nervios. Daría por terminada su visita, con el permiso de Orlando, esa misma mañana. Orlando sintió cierto alivio ante esto, pero también una gran reticencia a dejarlo marchar. La casa, pensó, le parecería muy aburrida sin él. Al despedirse (pues nunca se había atrevido a mencionar el asunto), tuvo la temeridad de entregar su obra La muerte de Hércules al poeta y pedirle su opinión al