Ofrecer un relato verídico de la sociedad londinense de esa o de cualquier otra época rebasa las capacidades del biógrafo o del historiador. Solo en aquellos que tienen escasa necesidad de la verdad y ningún respeto por ella —los poetas y los novelistas— se puede confiar tal tarea, pues este es uno de esos casos en los que la verdad no existe. Nada existe. El asunto entero es un miasma, un espejismo. Para explicar nuestro propósito con claridad: Orlando solía volver a casa de una de estas reuniones a las tres o las cuatro de la madrugada con las mejillas como un árbol de Navidad y los ojos como estrellas. Se desataba un lazo, recorría la habitación una veintena de veces, se desataba otro lazo, se detenía y volvía a recorrer la habitación. A menudo el sol brillaba con fuerza sobre las chimeneas de Southwark antes de que lograra convencerse de ir a la cama, y allí se quedaba, dando vueltas, riendo y suspirando durante una hora o más antes de conciliar por fin el sueño. ¿Y a qué se debía todo este revuelo? A la sociedad. ¿Y qué había dicho o hecho la sociedad como para sumir a una dama sensata en semejante exaltación? En pocas palabras, nada. Por más que forzara la memoria al día siguiente, Orlando jamás lograba recordar una sola palabra que pudiera elevarse a la categoría de algo. Lord O. había estado galante. Lord A., cortés. El marqués de C., encantador. El señor M., divertido. Pero cuando intentaba rememorar en qué habían consistido su galantería, su cortesía, su encanto o su ingenio, se veía obligada a suponer que su memoria le fallaba, pues no era capaz de
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IV. Orlando
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