Allí, a la sombra de una higuera gigante, esperaba un viejo gitano montado en un burro. Llevaba otro del diestro. Orlando pasó la pierna por encima de este; y así, secundada por un perro flaco, montada en un burro y en compañía de un gitano, la embajadora de la Gran Bretaña en la Corte del Sultán abandonó Constantinopla.
Cabalgaron durante varios días y noches y vivieron diversas aventuras, unas a manos de hombres, otras a manos de la naturaleza, en todas las cuales Orlando se comportó con valentía.
En el término de una semana llegaron a las tierras altas a las afueras de Bursa, que entonces era el principal campamento de la tribu gitana a la que Orlando se había aliado. A menudo había mirado aquellas montañas desde su balcón en la embajada; a menudo había ansiado estar allí; y encontrarse donde uno siempre ha ansiado estar, para una mente reflexiva, da que pensar.
Durante algún tiempo, sin embargo, estuvo demasiado complacida con el cambio como para estropearlo con pensamientos. El placer de no tener documentos que