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I

Cuando al principio de la cena la princesa se volvió hacia el conde y le dijo, con una gracia que le robó el corazón: «Je crois avoir fait la connaissance d’un gentilhomme qui vous était apparenté en Pologne l’été dernier», o «La beauté des dames de la cour d’Angleterre me met dans le ravissement. On ne peut voir une dame plus gracieuse que votre reine, ni une coiffure plus belle que la sienne», tanto lord Francis como el conde mostraron un gran desconcierto.

El uno la sirvió abundantemente con salsa de rábano picante, el otro le silbó a su perro e hizo que le suplicara un hueso con tuétano.

Ante esto, la princesa ya no pudo contener la risa, y Orlando, al cruzarse con su mirada por encima de las cabezas de jabalí y los pavos reales rellenos, rió también.

Él rio, pero la risa se le congeló en los labios, maravillado. ¿A quién había amado, qué había amado, se preguntó en un

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