Mientras hablaba, unas lágrimas enormes se formaron en sus ojos bastante abultados y corrieron por los resecos surcos de sus largas y desgarbadas mejillas.
Que los hombres lloran tan frecuente e injustificadamente como las mujeres, Orlando lo sabía por su propia experiencia como hombre; pero empezaba a darse cuenta de que las mujeres debían escandalizarse cuando los hombres mostraban emoción en su presencia, y por eso, escandalizada estaba.
El Archiduque se disculpó. Se dominó lo suficiente como para decir que la dejaría ahora, pero que regresaría al día siguiente por su respuesta.
Eso fue un martes. Vino el miércoles; vino el jueves; vino el viernes; y vino el sábado.
Es verdad que cada visita empezó, continuó o concluyó con una declaración de amor, pero entremedias hubo mucho espacio para el silencio. Se sentaban a ambos lados de la chimenea y a veces el archiduque derribaba los utensilios del fuego y Orlando los volvía a recoger.
Luego el archiduque se acordaba de cómo había cazado un alce en Suecia, y Orlando le preguntaba si era un alce muy grande, y el archiduque contestaba que no era tan grande como el reno que había cazado en Noruega; y Orlando le preguntaba si alguna vez había cazado un tigre, y el archiduque contestaba que había cazado un albatros, y Orlando decía (medio disimulando un bostezo) si acaso un albatros era tan grande como un elefante, y el archiduque decía—algo muy sensato, sin duda, pero Orlando no lo escuchaba, pues estaba mirando su mesa de escribir, por la ventana, hacia la puerta. Tras lo cual el archiduque decía: «Te adoro», justo en el mismo momento en que Orlando decía: «Mira, está empezando a llover», ante lo cual ambos se sentían muy desconcertados, y se sonrojaban intensamente, y ninguno de los dos acertaba a decir nada a continuación.