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VI

Orlando, habiendo llegado a esta conclusión, se quedó mirando por la ventana durante un tiempo considerable. Pues, cuando alguien llega a una conclusión, es como si hubiera lanzado la pelota al otro lado de la red y tuviera que esperar a que un adversario invisible se la devuelva. ¿Qué le mandarían a continuación desde el cielo incoloro sobre Chesterfield House?, se preguntó. Y con las manos entrelazadas, se quedó durante un tiempo considerable preguntándoselo. De pronto dio un sobresalto —y aquí solo desearíamos que, como en otra ocasión anterior, Pureza, Castidad y Modesia abrieran la puerta de par en par y proporcionaran, al menos, un respiro en el que pudiéramos pensar cómo envolver lo que ahora había que contar con delicadeza, como corresponde a un biógrafo. ¡Pero no! Habiendo arrojado su blanca vestidura a la desnuda Orlando y visto que se quedaba corta por varias pulgadas, estas damas habían roto toda relación con ella desde hacía muchos años; y ahora estaban ocupadas en otra cosa. ¿No va a pasar nada, pues, esta pálida mañana de marzo para mitigar, velar, cubrir, ocultar, sepultar este innegable acontecimiento sea el que sea? Pues tras dar aquel repentino y violento sobresalto, Orlando— pero ¡alabado sea el cielo!, en este mismo instante comenzó a sonar afuera uno de esos frágiles, flautados, mecánicos y anticuados organillos que a veces todavía tocan los organilleros italianos en las calles secundarias. Aceptemos la intervención, por muy humilde que sea, como si fuera la música de las esferas, y permitamos que, con todos sus jadeos y quejidos, llene esta página de sonido hasta que llegue el momento que es imposible negar que está llegando; que el lacayo ha visto venir y la criada; y el lector también tendrá que ver; pues la propia Orlando es claramente incapaz de ignorarlo por más tiempo— deje sonar el organillo y transpórtenos en el pensamiento, que no es más que un pequeño barco, cuando suena la música, meciéndose sobre las olas; en el pensamiento, que es, de todos los transportistas, el más torpe, el más errático, por encima de los tejados y los patios traseros donde hay ropa

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