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V. La gran nube

lúgubre complacencia, y faltaba más, le bastó con apoyar la mano en los paneles de roble para que las huellas dactilares quedaran marcadas allí. La hiedra había crecido con tanta abundancia que muchas ventanas habían quedado selladas. La cocina estaba tan oscura que apenas podían distinguir una tetera de un colador. Un pobre gato negro había sido confundido con carbón y echado a la pala en el fuego. La mayoría de las criada ya llevaban tres o cuatro enaguas de franela roja, a pesar de que el mes era agosto.

—Pero ¿es verdad, mi lady —preguntó la buena mujer, abrazándose a sí misma, mientras el crucifijo de oro se agitaba sobre su pecho—, que la reina, Dios la bendiga, lleva puesto eso de, cómo se llama, una…? —la buena mujer dudó y se sonrojó.

“Una crinolina”, Orlando la sacó del apuro (pues la palabra había llegado a Blackfriars). La señora Bartholomew asintió. Las lágrimas ya le corrían por las mejillas, pero mientras lloraba sonreía.

Pues era agradable llorar. ¿No eran acaso todas ellas mujeres débiles? que llevaban crinolinas para ocultar mejor el hecho; el gran hecho; el único hecho; pero, sin embargo, el hecho deplorable; que toda mujer recatada hacía lo posible por negar hasta que la negativa era imposible; ¿el hecho de estar a punto de dar a luz a un hijo? de dar a luz quince o veinte hijos en verdad, de modo que la mayor parte de la vida de una mujer recatada transcurría, después de todo, negando lo que, al menos un día de cada año, se hacía evidente.

“Los bollos se están conser-vando calientes —dijo la señora Bartholomew, enjugándose las lágrimas— en la biblio-teca”.

Y envuelto en un edredón de damasco, Orlando se sentó ante un plato de rosquitas.

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