“¿Estás absolutamente segura de que no eres un hombre?”, le preguntaba con ansiedad, y ella le hacía eco,
«¿Es posible que no seas una mujer?» y entonces debían ponerlo a prueba sin más preámbulos.
Pues cada uno estaba tan sorprendido por la rapidez de la simpatía del otro, y para cada cual era tal revelación que una mujer pudiera ser tan tolerante y franca como un hombre, y un hombre tan extraño y sutil como una mujer, que tuvieron que poner el asunto a prueba de inmediato.
Y así seguían hablando o, mejor dicho, entendiéndose, lo cual se ha convertido en el arte principal de la palabra en una época en la que las palabras escasean tanto cada día en comparación con las ideas que «se acabaron las galletas» tiene que servir para besar a una negra en la oscuridad cuando uno acaba de leer por décima vez la filosofía del obispo Berkeley. (Y de esto se deduce que solo los más profundos maestros del estilo pueden decir la verdad, y cuando uno se tropieza con un escritor de monosílabos sencillos, puede concluir, sin la menor duda, que el pobre hombre está mintiendo).
Así hablaban; y luego, cuando los pies se le cubrían por completo de hojas otoñales moteadas, Orlando se levantaba y se alejaba paseando hacia el corazón