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V. La gran nube

no. Matrimonio turco anulado (yo fui embajador en Constantinopla, Shel —explicó—). Hijos declarados ilegítimos (dijeron que tuve tres hijos con Pepita, una bailarina española). Así que no heredan, lo cual está muy bien... ¿El sexo? ¡Ah! ¿Qué pasa con el sexo? Mi sexo —leyó con cierta solemnidad— se declara indiscutiblemente, y sin la menor sombra de duda (¿lo que te decía hace un momento, Shel?), femenino. Las propiedades que ahora se dessecuestran a perpetuidad descienden y están vinculadas y revinguladas a los herederos varones de mi cuerpo, o a falta de matrimonio... —pero aquí se impacientó ante aquella verborrea legal y dijo—: Pero no habrá falta de matrimonio, ni tampoco de herederos, así que el resto puede darse por leído. Acto seguido, estampó su propia firma debajo de la de lord Palmerston y entró desde ese instante en la posesión pacífica de sus títulos, su casa y su hacienda, la cual se había reducido tanto —pues el coste de los pleitos había sido prodigioso— que, aunque volvía a ser infinitamente noble, era también excesivamente pobre.

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