Ya fuera que este leve defecto bastara para contrarrestar el esplendor de su porte, o que hubiera heredado una gota de más de ese humor melancólico que corría por las venas de toda su estirpe, lo cierto es que no llevaba en el mundo más de veinte años cuando ya se la habría oído preguntarse a sí misma, de haber habido alguien más que su spaniel Pippin para escucharla: «¿Qué demonios me pasa?». La ocasión era un martes, 16 de junio de 1712; acababa de regresar de un gran baile en Arlington House; el alba teñía el cielo y se estaba quitando las medias. «No me importa no volver a ver a otro ser viviente en lo que me queda de vida», exclamó Orlando, rompiendo a llorar. Amantes tenía a montones, pero la vida, que después de todo tiene cierta importancia a su manera, se le escurría entre los dedos. «¿Es esto», preguntó —aunque no había nadie para responder—, «es esto», terminó la frase de todas formas, «lo que la gente llama vida?». El spaniel levantó la pata delantera en señal de simpatía. El spaniel lamió a Orlando con la lengua. Orlando acarició al spaniel con la mano. Orlando besó al spaniel con los labios. En suma, existía entre ellas la más sincera simpatía que puede haber entre un perro y su dueña, y sin embargo no se puede negar que la mudez de los animales es un gran obstáculo para los refinamientos del trato. Menean la cola; inclinan la parte delantera del cuerpo y elevan la trasera; se retuercen, saltan, arañan, gimotean, ladran, babean, tienen toda clase de ceremonias y artimañas propias, pero todo ello es en vano, puesto que hablar no pueden. Tal era su queja, pensaba, bajando al perro con suavidad al suelo, respecto a la gran gente de Arlington House. Ellos también menean la cola, hacen reverencias, se retuercen, saltan, arañan y babean, pero no saben hablar. «En todos estos meses que he estado en sociedad», dijo Orlando, lanzando una media al otro lado de la
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IV. Orlando
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