Orlando, es verdad, no era de los que pisan con ligereza la coranta y la lavolta; era torpe y un tanto distraído. Prefería con mucho las danzas sencillas de su propio país, que había bailado de niño, a estos fantásticos compases extranjeros. De hecho, acababa de juntar los pies hacia las seis de la tarde del siete de enero al terminar una de tales contradanzas o minués, cuando vio venir, procedente del pabellón de la Embajada moscovita, una figura que, ya fuera de muchacho o de mujer —pues la holgada túnica y los pantalones a la usanza rusa servían para disfrazar el sexo—, lo llenó de la más viva curiosidad. La persona, cualquiera que fuera su nombre o sexo, era de estatura mediana, de complexión muy esbelta y iba vestida por entero de terciopelo color ocre perla, ribeteado con algún pelaje verdoso desconocido. Pero estos detalles quedaban oscurecidos por la extraordinaria seductividad que emanaba de toda su persona. Imágenes, metáforas de lo más extremo y extravagante, se enroscaban y retorcían en su mente. La llamó melón, piña, olivo, esmeralda y zorro en la nieve, todo en el espacio de tres segundos; no sabía si la había oído, la había saboreado, la había visto, o las tres cosas a la vez. (Pues aunque no debemos detenernos ni un instante en la narración, podemos señalar de pasada que todas sus imágenes en esta época eran de una sencillez extrema para estar a la altura de sus sentidos y estaban tomadas en su mayor parte de cosas cuyo sabor le había gustado de muchacho. Pero si sus sentidos eran sencillos, eran al mismo tiempo extraordinariamente intensos. Detenerse, por tanto, a buscar el porqué de las cosas está fuera de lugar.) … Un melón, una esmeralda, un zorro en la nieve—así deliraba, así la miraba fijamente. Cuando el muchacho—pues, ¡ay!, tenía que ser un muchacho, ninguna mujer podía patinar con tal velocidad y vigor— pasó deslizándose casi de puntillas junto a él, Orlando estuvo a punto de arrancarse los cabellos de contrariedad al ver que la persona era de su propio sexo y que, por tanto, todo abrazo quedaba descartado. Pero el patinador se acercó más. Las piernas, las manos, el porte, eran de muchacho, pero ningún muchacho había tenido jamás una boca así;
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