Pero los médicos apenas eran más sabios entonces que ahora, y tras recetarle reposo y ejercicio, abstinencia y nutrición, compañía y soledad, que guardara cama todo el día y cabalgara cuarenta millas entre el almuerzo y la cena, junto con los habituales sedantes e irritantes, variados, según se les antojares, con brebajes de baba de tritón al levantarse y tragos de hiel de pavo real al acostarse, lo dejaron a su suerte y emitieron el diagnóstico de que llevaba una semana dormido.
Pero si sueño era, de qué naturaleza, apenas podemos dejar de preguntarnos, ¿son tales sueños? ¿Son medidas curativas —trances en los que los recuerdos más lacerantes, acontecimientos que parecen destinados a paralizar la vida para siempre, son rozados por un ala oscura que borra su aspereza y los dora, aun a los más feos e ignobles, con un brillo, una incandescencia? ¿Hay que poner el dedo de la muerte sobre el tumulto de la vida de vez en cuando para que no nos haga añicos? ¿Estamos hechos de tal modo que tenemos que