El aguacero arreciaba. En lo más recio de este, grandes cañones parecían tronar. Se oían enormes ruidos como de robles que se desgarran y parten. Hubo también gritos salvajes y terribles gemidos inhumanos.
Pero Orlando permaneció allí inamovible hasta que el reloj de Paul dio las dos, y entonces, gritando en voz alta con una horrible ironía, y con todos los dientes al descubierto: «¡Jour de ma vie!», arrojó el farol al suelo, montó a caballo y salió galopando no sabía adónde.
Algún instinto ciego, pues ya había perdido la capacidad de razonar, debió de impulsarlo a tomar la orilla del río en dirección al mar.
Pues cuando rompió el alba, lo cual hizo con insólita rapidez, volviéndose el cielo de un amarillo pálido y cesando casi la lluvia, se encontró a sí mismo en las orillas del Támesis, a la altura de Wapping.
Ahora una visión de la naturaleza más extraordinaria salió a su encuentro. Donde, durante tres meses y más, había habido hielo macizo de tal grosor que parecía tan permanente como la piedra, y