Pero al bajar de nuevo en el ascensor —tan insidiosa es la repetición de cualquier escena—, volvió a hundirse muy lejos del momento presente; y pensó, cuando el ascensor dio un golpe al llegar al suelo, que oía una vasija rota contra la orilla de un río. En cuanto a encontrar el departamento adecuado, fuere cual fuere, se quedó ensimismada entre los bolsos, sorda a las sugerencias de todos los dependientes corteses, de pelo negro y engominado y vivaces, los cuales, al descender tan uniformemente como ella y algunos de ellos, tal vez, con igual orgullo, incluso desde profundidades del pasado tan remotas como las suyas, decidieron bajar la pantalla impenetrable del presente de modo que hoy parecían simplemente dependientes en Marshall & Snelgrove’s. Orlando se quedó allí vacilante. A través de las grandes puertas de cristal podía ver el tráfico de Oxford Street. Un ómnibus parecía amontonarse sobre otro para luego separarse a tirones. Así se habían lanzado y agitado los bloques de hielo aquel día en el Támesis. Un viejo noble en zapatillas de piel había estado a horcajadas sobre uno de ellos. Allí iba —podía verlo ahora— lanzando maldiciones contra los rebeldes irlandeses. Se había hundido allí, donde estaba su coche.
«El tiempo ha pasado por encima de mí —pensó, tratando de serenarse—; este es el avance de la mediana edad. ¡Qué extraño es! Nada es ya una sola cosa. Cojo un bolso y pienso en una vieja vendedora de chalana helada en el hielo. Alguien enciende una rosa vela y veo a una muchacha con pantalones rusos. Cuando salgo a la calle —como hago ahora—», en ese momento pisó la acera de Oxford Street, «¿a qué sabe lo que pruebo? A hierbecillas. Oigo cascabeles de cabra. Veo montañas. ¿Turquía? ¿La India? ¿Persia?». Se le llenaron los ojos de lágrimas.