habitación, «no he oído nada que Pippin no hubiera podido decir. Tengo frío. Soy feliz. Tengo hambre. He cazado un ratón. He enterrado un hueso. Por favor, bésame la nariz». Y no era suficiente.
Cómo, en tan poco tiempo, había pasado de la embriaguez al disgusto, solo trataremos de explicarlo suponiendo que esa misteriosa composición que llamamos sociedad no es nada absolutamente bueno o malo en sí misma, sino que posee un espíritu, volátil pero potente, que o bien te embriaga cuando la consideras, tal como Orlando la consideraba, deliciosa, o te da dolor de cabeza cuando la consideras, tal como Orlando la consideraba, repulsiva.
Que la facultad de la palabra tenga mucho que ver con lo uno o con lo otro, nos permitimos ponerlo en duda. A menudo, una hora de silencio es la más arrebatadora de todas; el ingenio brillante puede ser insoportablemente tedioso. Pero se lo dejamos a los poetas, y sigamos con nuestra historia.
Orlando arrojó la segunda media tras la primera y se acostó bastante abatida, resuelta a renunciar a la sociedad para siempre. Pero, una vez más, resultó que se había precipitado en sus conclusiones. Pues a la mañana siguiente se despertó y encontró, entre las habituales tarjetas de invitación sobre su mesa, una de cierta gran Dama, la condesa de R. Habiendo decidido la noche anterior que no volvería a frecuentar la sociedad, solo podemos explicar el comportamiento de Orlando —envió a un mensajero a toda prisa a la casa de R para decirle que acudiría a ver a su señoría con todo el placer del mundo— por el hecho de que aún sufría los efectos de tres palabras almibaradas que el capitán Nicholas Benedict Bartolus le había susurrado al oído en la cubierta de la Dama Enamorada mientras navegaban río abajo por el Támesis.