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III

Lo que se debía hacer, Orlando no alcanzaba a concebirlo. Dejar a los gitanos y volver a ser embajador se le antojava intolerable. Pero le resultaba igualmente imposible permanecer para siempre en un lugar donde no había ni tinta ni papel de carta, ni veneración por los Talbot ni respeto por la multiplicidad de dormitorios.

En eso pensaba una hermosa mañana en las laderas del monte Athos, mientras cuidaba a sus cabras. Y entonces la Naturaleza, en quien confiaba, o bien le jugó una partida o bien obró un milagro⁠—nuevamente, las opiniones difieren demasiado para que sea posible asegurar cuál de las dos cosas fue.

Orlando contemplaba con cierta desolación la empinada ladera que tenía enfrente. Ya era pleno verano y, si debemos comparar el paisaje con algo, habría sido con un hueso seco; con el esqueleto de una oveja; con un cráneo gigantesco mondado hasta la blancura por mil buitres. El calor era intenso, y la pequeña higuera bajo la cual yacía Orlando solo servía para estampar dibujos de hojas de higuera sobre su ligero albornús.

De pronto una sombra, aunque no había nada que proyectara sombra alguna, apareció en la pelada ladera de enfrente. Se ensombreció rápidamente y pronto un hondo verdor se

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