Hundido durante mucho tiempo en profundos pensamientos sobre el valor del anonimato y el placer de no tener nombre, sino de ser como una ola que regresa al profundo cuerpo del mar; pensando en cómo el anonimato libra a la mente del fastidio de la envidia y el rencor; en cómo hace correr por las venas las aguas libres de la generosidad y la magnanimidad; y permite dar y recibir sin ofrecer gracias ni dar alabanzas; lo cual debió de ser el modo de actuar de todos los grandes poetas, suponía él (aunque sus conocimientos de griego no le bastaban para confirmarlo), porque, pensaba, Shakespeare debió de escribir así, y los constructores de catedrales construyeron así, anónimamente, sin necesitar agradecimientos ni nombres, sino tan solo su labor durante el día y tal vez un poco de cerveza por la noche—«Qué vida tan admirable es esta», pensó, estirando los miembros bajo el roble. «¿Y por qué no disfrutarla en este mismo instante?». El pensamiento lo golpeó como una bala. La ambición cayó a plomo. Liberado del ardor del amor correspondido con rechazo, de la vanidad reprendida y de todos los demás aguijones y pinchazos que el lecho de ortigas de la vida le había grabado cuando ambicionaba la fama, pero que ya no podían afligir a alguien indiferente a la gloria, abrió los ojos, que habían estado bien abiertos todo el tiempo, aunque solo habían visto pensamientos, y vio, tendida en la hondonada bajo él, su casa.
Allí yacía a la temprana luz del sol de la primavera. Más que una casa, parecía una ciudad; pero una ciudad construida, no aquí y allá según los deseos de este o aquel, sino prudentemente, por un solo arquitecto con una sola idea en la cabeza. Patios y edificios, grises, rojos, de color ciruela, se extendían ordenados y simétricos; los patios eran unos oblongos y otros cuadrados; en este había