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I

estar unida al amor por la soledad. Tras haber tropezado con un cofre, Orlando amaba naturalmente los lugares solitarios, las vistas vastas y sentirse por los siglos de los siglos y de los siglos solo.

Así pues, tras un largo silencio, «Estoy solo», suspiró al fin, abriendo los labios por primera vez en esta crónica.

Había subido la colina a paso muy rápido entre helechos y matas de espino, sobresaltando a los ciervos y a las aves silvestres, hasta llegar a un paraje coronado por un solitario roble. Era muy alto, tan alto en verdad que desde allí podían divisarse diecinueve condados ingleses; y en los días despejados treinta o quizás cuarenta, si el tiempo era muy bueno.

A veces se podía ver el canal de la Mancha, con sus olas golpeando una y otra vez. Se veían ríos y embarcaciones de recreo deslizándose por ellos; y galeones zarpando hacia alta mar; y armadas con nubecillas de humo de las que llegaba el sordo estruendo de los cañonazos; y fuertes en la costa; y castillos entre los prados; y aquí una torre de vigilancia; y allí una fortaleza; y de nuevo alguna vasta mansión como la del padre de Orlando, amontonada como una ciudad en el valle y cercada por murallas.

Hacia el este se alzaban las agujas de Londres y el humo de la ciudad; y tal vez en el mismo horizonte, cuando el viento soplaba en la dirección adecuada, la cima escarpada y los bordes serrados del propio Snowdon se recortaban como una montaña entre las nubes.

Por un momento Orlando se quedó contando, contemplando, reconociendo. Aquella era la casa de su padre; aquella, la de su tío. Su tía poseía esas tres grandes torrecillas entre los árboles de allá. El brezal era suyo y el bosque; el faisán y el ciervo, el zorro, el tejón y la mariposa.

Suspiró profundamente y se arrojó —había en sus movimientos una pasión que merecía tal palabra— sobre la tierra al pie del roble. Le encantaba, por debajo de toda aquella fugacidad veraniega, sentir la

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