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Capítulo II

Mucho antes de que terminara de pensar en el Amor (el roble había brotado y sacudido sus hojas hasta el suelo una docena de veces en el proceso), la Ambición lo desplazaba del terreno, para ser reemplazada por la Amistad o la Literatura. Y como la primera cuestión no se había resuelto —¿Qué es el Amor?—, volvía a aparecer ante la más mínima provocación o sin mediar ninguna, y relegaba a los Libros, las Metáforas o aquello por lo que uno vive hacia los márgenes, a la espera de ver la oportunidad de abalanzarse sobre el terreno de nuevo.

Lo que hacía el proceso aún más largo era que venía profusamente ilustrado, no solo con imágenes, como la de la vieja reina Isabel, recostada en su diván de tapiz de brocado rosa con una tabaquera de marfil en la mano y una espada con empuñadura de oro al lado, sino con olores —ella estaba fuertemente perfumada— y con sonidos; los ciervos bramaban en Richmond Park aquel día de invierno. Y así, el pensamiento del amor quedaba todo revestido de ámbar con nieve y con invierno; con hogares de leños ardiendo; con mujeres rusas, espadas de oro y el bramido de los ciervos; con los babeos del viejo rey Jacobo, y fuegos artificiales, y sacos de tesoros en las bodegas de los veleros isabelinos.

Cada cosa, una vez que intentaba desplazarla de su sitio en la mente, la hallaba así cargada con otra materia, como el pedazo de vidrio que, tras un año en el fondo del mar, está cubierto de huesos y libélulas, y monedas y las trenzas de mujeres ahogadas.

—¡Otra metáfora de Júpiter! —exclamaba al decir esto (lo cual mostrará la forma desordenada y tortuosa en que operaba su mente y explicará por qué el roble florecía y se marchitaba tantas veces antes de llegar a alguna conclusión sobre el Amor). —¿Y qué sentido tiene? —se preguntaba—. ¿Por qué no decirlo simplemente con todas las letras...? —y entonces trataba de pensar

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