CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 220 de 312
Table of Contents

IV. Orlando

jamás habían salido de labios humanos!; eso pensaba Orlando, aunque no oyera ni una sola palabra de lo que dijeron las tres sombras mientras se sentaban allí a tomar el té.

Al fin volvió a casa una noche, tras uno de aquellos paseos, y subió a su dormitorio. Se quitó la casaca galonada y se quedó allí, en camisa y bragas, mirando por la ventana. Algo flotaba en el aire que le impedía irse a la cama. Una neblina blanca cubría la ciudad, pues era una noche helada de pleno invierno, y una vista magnífica se extendía a su alrededor. Alcanzaba a ver San Pablo, la Torre, la Abadía de Westminster, junto con todas las agujas y cúpulas de las iglesias de la ciudad, el volumen terso de sus bancos, las opulentas y amplias curvas de sus salones y centros de reunión. Al norte se alzaban las alturas tersas y rapadas de Hampstead, y al oeste brillaban con una claridad diáfana las calles y plazas de Mayfair. Sobre esta perspectiva serena y ordenada las estrellas miraban desde un cielo despejado, centelleantes, definidas, duras. Con la extrema nitidez de la atmósfera, la línea de cada tejado, el capuchón de cada chimenea eran perceptibles; hasta los adoquines de las calles se distinguían unos de otros, y Orlando no pudo evitar comparar esta escena ordenada con los arrabales irregulares y apiñados que habían sido la ciudad de Londres en el reinado de la reina Elizabeth. Entonces, recordaba, la ciudad, si es que tal nombre merecía, se extendía populosa, mero cúmulo y amontonamiento de casas, bajo sus ventanas en Blackfriars. Las estrellas se reflejaban en hondas pozas de agua estancada que ocupaban el centro de las calles. Una sombra negra en la esquina donde solía estar la taberna era, con toda probabilidad, el cadáver de un hombre asesinado. Podía recordar los gritos de tantos heridos en aquellas trifulcas nocturnas, cuando era un niñito sostenido en los brazos de su nodriza

220