importancia justificaría, y que tal vez la mejor manera de librarse de la encantadora Catalina fuera casándose con ella. Una vez decidido a tomar este camino, hizo Ilamar al hermano, Juan Suárez, y le comunicó su dolorosa resolución. Mientras tanto, las constantes instancias de amigos poderosos, y la necesidad de los servicios de Cortés ante un levantamiento indígena, indujeron a Velázquez a proponer gestos de reconciliación; pero Cortés le salió al encuentro
con espíritu altivo, y rodeando la iglesia con una guardia, se marchó a la guerra. No obstante que el caballero se había propuesto apurar la copa nupcial, no quería saber nada del gobernador en ella; o si debía haberla, la reconciliación se llevaría a cabo a su propia manera.
No bien hubo partido el gobernador, cuando Cortés ordenó a Juan Suárez que, con lanza y ballesta, le aguardase en cierto lugar. Escapando de la guardia durante la noche, Cortés se reunió con Suárez y se encaminó a la plantación donde Velazquez estaba acuartelado.
El gobernador, que se hallaba revisando unos libros de cuentas, no poco se sobresaltó cuando Cortés llamó a la puerta abierta y entró. «¿Es asesinato lo que este hombre trae entre manos, con armas en ristre y a estas horas?», fue su pensamiento, mientras daba al visitante una bienvenida nerviosa.
«¡Manda que nadie se me acerque! —exclamó Cortés—, de otro modo le atravieso con esta pica. Y ahora, si mi excelente y valiente capitán, el señor Velazquez, tiene algo contra mí, que hable. Aquí estoy para responder».
Tan dulce fue el mutuo perdón que siguió, que por la mañana se vio a los dos caballeros ocupando la misma cama.22