No solo los españoles, especialmente los nuevos reclutas, se habían ejercitado bien en maniobras de caballería, tiro al blanco, esgrima y manejo de pica, sino que los aliados habían sido adiestrados hasta cierto punto en las tácticas europeas.
En cuanto a eficiencia y buena conducta, este ejército superaba con creces a cualquier otro reunido hasta entonces en las Indias. En el habitual discurso ante las tropas, Cortés señaló cómo Dios los había favorecido con constantes victorias y con refuerzos que casi habían duplicado su número y sus recursos.
Bien podían albergar esperanzas, pues santa era su causa. Llenos de confianza podían marchar contra el único bastión que aún se les resistía, vengar a sus camaradas masacrados y conquistar riquezas y gloria para sí mismos.
El lunes de Pentecostés, 20 de mayo, se hizo un reparto de las tropas entre Alvarado, Olid y Sandoval, quienes dirigían personalmente la caballería, pero guiaban los movimientos de la infantería por medio de capitanes, y los de los aliados a través de caciques nativos. Cada uno recibió de veinticuatro a treinta jinetes y ciento cincuenta infantes, divididos en dos o tres batallones, con un número proporcional de arcabuceros, ballesteros, cañones y municiones, además de entre veinte y cuarenta mil aliados.