Los enviados mexicanos fueron invitados a acompañar a los españoles, para que pudieran ser testigos de los honores que se les rendían. El camino a Tlascala, de unas seis leguas de longitud, atravesaba un país montañoso aunque bien cultivado, bordeado por el este por el pico coronado de nieve que pronto llevaría el reverenciado nombre de Malinche. En todas direcciones había laderas cubiertas de verdor salpicadas de enormes robles, mientras que por encima y más allá la vista se cerraba con un franjeado verde oscuro de abetos más resistentes, que parecían levantarse como baluartes protectores alrededor de los asentamientos en los valles. Las principales poblaciones de la ruta eran Tzompantzinco y Atlihuetzin, donde la población salió en masa para recibir a los españoles.
A un cuarto de legua de la capital les salieron al encuentro los señores y nobles, acompañados de un gran séquito, ataviados con los colores de los distintos distritos.
Mujeres principales salieron al paso con flores en guirnaldas y ramos; y una larga fila de sacerdotes con túnicas blancas y flotantes, con capuchas y cabellos sueltos cuajados de sangre de orejas recién laceradas, marchaba oscilando sus incensarios de copal, mientras que en la retaguardia y alrededor bullía una multitud calculada en cien mil personas.
Ante ellos se alzaba la capital, situada de manera prominente sobre cuatro colinas, «tan grande y tan admirable», decía Cortés, «que aunque diga poco de ello, ese poco parecerá increíble, porque es mucho mayor que Granada y mucho más fuerte, con tan buenos edificios y con mucha más gente de la que Granada tenía en el tiempo en que fue tomada; y también mucho mejor provista de las cosas de la tierra».30 Había cuatro barrios distintos, separados por altas murallas de piedra y surcados por calles estrechas. En cada uno se alzaba un palacio señorial para el gobernante, y aquí y allá surgían templos y edificios de