El tono y los modales del príncipe les convencieron de que sus palabras eran sinceras. Cortés juzgó conveniente fingir conformidad. Agradeció al emperador el interés mostrado por su seguridad, y respondió que, puesto que él, sus dioses y su pueblo así lo deseaban, obedecerían; pero que, al no tener embarcaciones, debía concedérseles tiempo para construirlas.
Esto resultó desconcertante, pero Moctezuma pasó por alto cualquier inconveniente al saber que los españoles estaban dispuestos a marcharse. No insistió más, sabiendo muy bien que él y los demás cautivos tendrían que seguirlos si era necesario abandonar la ciudad antes de haber hallado los medios de transporte.
Había visto que no se tardaba mucho en construir barcos, y ofreció los carpinteros necesarios para cortar y preparar la madera, como antes. Mientras tanto, se esforzaría por apaciguar a sus vasallos, señalando que un levantamiento sería desastroso tanto para él como para ellos. Martín López fue enviado de inmediato a Villa Rica con Andrés Núñez, algunos caciques y un buen número de obreros indios para construir tres embarcaciones, pero con instrucciones secretas de retrasar el trabajo por todos los medios posibles.
Cortés no tenía intención de ceder su control sobre el país. Habían pasado ya más de ocho meses desde que los procuradores habían partido hacia España, y comenzó a aguardar su regreso con una real provisión, si no con refuerzos. Una vez provisto de este respetable documento, podría desafiar a Velázquez y a todo el mundo. Podría enviar a las islas y comprar barcos, armas y provisiones; y podría alistar fácilmente todas las tropas necesarias para la realización de su gran proyecto. Entretanto, esperaba mantener su posición, apoyado por aliados nativos, como los tlaxcaltecas, chinantecos, goazacoalcos y cempoaltecas. No hacían falta las advertencias de Moctezuma para convencer a los españoles de que los nativos habían adoptado una actitud hostil hacia