proporcionó ninguno, al punto de que la población parecía evitar los aposentos españoles. Cortés envió a recordar a los jefes su descuido, pero solo recibió las provisiones más escasas, con la excusa de que las reservas estaban casi agotadas.11
El mismo día llegaron unos enviados de Moctezuma, sin los presentes de costumbre, quienes, tras intercambiar algunas palabras con los frailes que hacían de guías a los españoles, manifestaron que marchar a México sería inútil, ya que los caminos eran intransitables y el aprovisionamiento de alimentos, insuficiente.12
Al comprobar que estas y otras afirmaciones no surtían efecto en Cortés, se marcharon llevándose al principal enviado que estaba apostado con los españoles.13
Todo esto distaba mucho de ser tranquilizador, tomado en relación con la advertencia de los tlaxcaltecas que aún resonaba en sus oídos, y con el informe traído por los cempoaltecas acerca de barricadas, montones de piedras en los tejados y excavaciones en la calle principal provistas de estacas puntiagudas y cubiertas a la ligera.14
Llegaron entonces mensajeros del campamento aliado para anunciar que las mujeres y los niños habían estado saliendo de la ciudad con sus pertenencias, y que al parecer se estaban realizando preparativos inusuales. Apenas esto dejó a Cortés sumido en sus pensamientos cuando apareció Marina con la información, aún más alarmante, de que una mujer indígena de alta alcurnia, conquistada sin duda por su belleza y evidente riqueza, acababa de instarla de la manera más misteriosa a trasladarse ella misma y sus pertenencias a la casa de dicha mujer, donde sería casada con su hijo.15 Expresando gratitud y fingiendo asentimiento, Marina logró averiguar que llevaba algún tiempo habiendo un ir y venir de emisarios entre México y Cholula, y que Moctezuma había persuadido a los jefes,